lunes, 18 de mayo de 2015

¡Qué suerte tienes!

Esta entrada se la quiero dedicar hoy a mi hermana Carolina.

¡Qué suerte tienes! es, en apariencia, una frase inocua y que, no obstante, según en qué contexto, a mucha gente molesta y hace daño.

Yo hoy lo voy a usar para el contexto de los hijos.

Cada vez que nos dicen ¡Qué suerte tenéis! ¡Vaya dos niñas!, mi mujer y yo solemos pensar lo mismo, a veces, incluso, lo expresamos a la persona que lo ha dicho:

Me vas a perdonar, pero suerte podría ser que nazcan sanos, todo lo demás son horas, horas, horas y horas de trabajo constante durante 24 horas al día, 365 días al año.

Es un trabajo intenso y duro que es capaz de sacar lo peor de ti en algunas circunstancias o inducirte a la culpa; sin embargo, a la vez, es de lo más reconfortante, gratificante, placentero, altruista, maravilloso, satisfactorio, innovador, creativo y fantástico que puedas imaginar. Es una aventura increíble.

Es no acabar una discusión con "porque yo lo digo".
Es dialogar durante 40 minutos para ver las posibles soluciones a una pelea fraternal.
Es equivocarse y asumirlo sin complejos.
Es equivocarse y pedir perdón.
Es paciencia, sacrificio elegido, ingenio, paciencia (sé que lo he dicho antes, pero es que hay que tener mucha), creatividad, coordinación, estabilidad, autocontrol, amor, amor, amor, risas, más paciencia y más amor, ternura, caricias, tiempo, tiempo tiempo, cosquillas, abrazos, dedicación, ignorar la estupidez humana que en ocasiones nos rodea, amor, risas, lápices de colores, piropos... y tantas otras cosas que os invito a que dejéis escrito en los comentarios si os apetece.

Ya hablé de algo parecido en mi post Así deletrean los niños la palabra amor de febrero de este año, entrada que si no leíste, te invito a hacerlo ahora después.

Sin embargo, en mi humilde opinión, no es suerte; perdónenme, no quiero ser grosero, pero la suerte es para otras cosas. 

Nosotros no tenemos suerte, tenemos dedicación y tiempo, y amor infinito por nuestros dos regalos del cielo que son nuestras hijas.

No nos vean por la calle y nos digan qué suerte, díganme otra cosa, pero no suerte porque ven que las niñas se relacionan, juegan, aprenden o leen mucho. Han sido muchas horas de trabajo sin reconocimiento de trienios las que hemos invertido, y muy orgullosos que nos sentimos de ellas (de las horas invertidas y de las niñas).
 



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miércoles, 6 de mayo de 2015

La pedagogía del error

La pedagogía del error es algo que se me ocurrió nombrar una vez. Quizás alguien lo definiera ya con este nombre o parecido, no sé, no es que quiera apuntarme ningún tanto, nada más lejos, pero lo llamé así: pedagogía del error.

Y es algo sobre lo que he ido dejando comentarios en fb o en algunos de los artículos o entrevistas en las que he escrito o respondido.

La pedagogía del error, tal y como yo la concibo a partir de mi experiencia (y sin conocimientos de psicología ni nada parecido) consiste en basar tu metodología pedagógica valorando el error como instrumento de medición y no como medio de aprendizaje. Consiste en que, en centros escolares, bases tu valoración o evaluación no solo en el trabajo sino en los errores, penalizándolos como si de un castigo se tratase. Y claro... luego nunca ponemos dieces, porque todo el mundo, todo, absolutamente todo el mundo, se equivoca alguna vez. Incluidos los profes y maestros, claro (aunque algunos no lo saben aún, creo que juegan en una liga superior).

Considerar los errores de esta forma tiene diversos efectos negativos en nuestros alumnos o hijos:

1. Crea una duda más que razonable en sus potenciales, porque siempre temerán equivocarse.

2.  Ese miedo al error nunca les dejará crecer adecuadamente como personas en algunas o muchas de sus facetas, porque dicho miedo se apoderará de ellos de tal forma que no sabrán canalizar sus potencialidades de una forma adecuada o focalizada en lo realmente importante, más allá de errores posibles que se puedan cometer.

3.  Puede acarrear un aumento desconsiderado de la indefensión aprendida. No sólo temerán decir o hacer cosas por miedo a equivocarse, sino que les llevará a un estado de no decir y/o no hacer, en general, por muchas injusticias que haya a su alrededor.

4.  Se trunca de forma abrupta su capacidad de asumir consecuencias ante sus actos. Con lo peligroso que puede ser esto.

5. Se potencia en ellos una dependencia cada vez más real y tangible en la mayoría de sus vivencias: desde lo laboral hasta lo personal. Y es que, así, se les resta autonomía.

6. Se disparan los síntomas de "no sirvo para nada", "soy un inútil", "no seré nadie en la vida"...

7. Anulamos la capacidad de resiliencia que pueda desarrollar cualquier persona.


Y seguro que hay más cosas que añadir, no obstante, yo voy a parar ya en el punto 7, me parecen suficientes. Es más, puede que haya opiniones en contra. Yo sólo hablo de mi experiencia y, como siempre digo, no estoy en posesión de la verdad absoluta (en realidad, nadie está en posesión de ella).

Recuerdo mi etapa en el colegio. Y recuerdo grandes momentos y terribles momentos. Pero en este punto, recuerdo el pavor que me producía salir a la pizarra sólo por el hecho de que pudiera tener mal los ejercicios: algunos compañeros se burlaban (otros, no), algunos profesores también (otros, no) y algunos profesores te ponían mala nota por haberlo hecho mal (y no te valoraban las horas de trabajo que invertías en haberlo hecho), sólo por el mero hecho de hacerlo mal. Y al final pesaba más el haberlo hecho mal que el hecho de aprender y corregir.

Eso me ha costado muy caro, la verdad, y no me refiero al dinero... Y me ha llevado mucho tiempo el poder superar determinadas situaciones de mi vida, o momentos en los que no he sabido digerir, superar o enmendar determinados hechos. Sigo en la tarea de mejorar, pero eso ya es otra historia.

En mi profesión docente he ido cambiando mucho a lo largo de los últimos 15 años, ya no soy el que era y soy lo que soy por lo que he hecho, leído, aprendido y escuchado de otros o por mí mismo; y también, por mis errores. Sin embargo, nunca puse negativos o malas notas por hacer algo mal en una pizarra. Explico cómo hacerlo, les doy pistas de por dónde deben ir las cosas (a veces es simplemente indicarles que en el armario hay un diccionario), otras les felicito por haberlas hecho. Y conforme mis alumnos me han ido conociendo, han dejado de mostrar ese miedo al error, ese miedo irracional a no participar que los enclaustra en sus propias mentes. Mis alumnos tendrán muchas deficiencias en mi asignatura, pero no es la de salir reforzado de ellas (y eso que algunos no lo vivirán así, también es cierto; y es que cada uno tiene sus cadaunadas y sus percepciones de lo que vive son diferentes a las de los demás).


Los errores tienen casi siempre un carácter sagrado. Nunca intentéis corregirlos. Al contrario: lo que procede es racionalizarlos, compenetrarse con aquellos integralmente. Después, os será posible subliminarlos. (Salvador Dalí)


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jueves, 30 de abril de 2015

Sopla el viento del este

Voy a dejar volar la imaginación al son que nos marca el viento del este.

Ya casi todos sabemos lo que sucede cuando sopla el viento del este. 

Quizás no lo recuerdes, pero cuando yo te lo refresque lo verás más claro:

viento del este y niebla gris, 
anuncia que viene lo que ha de venir;
no me imagino qué irá a suceder, 
mas lo que ahora pase, 
ya pasó otra vez.

Con el viento del Oeste viene la bruja malvada en el maravilloso mundo de Oz, pero cuando sopla el viento del este, viene Mary Poppins y se producen cambios.


No voy a hablar de Mary Poppins, que ya tiene sus propios detractores y defensores; no, yo la uso metafóricamente para hablaros de que los cambios se avecinan, cada vez son más frecuentes y la plaga de los cambios en educación empieza a extenderse de forma más que visible.

Cada vez más padres exigen más y de mejor forma a los docentes de sus hijos; cada vez somos más los docentes que buscamos otras formas de hacer las cosas y aunque nos sigamos equivocando casi a diario, no dejamos de buscar incesantemente, de controlarnos más, de aprender, autoaprender y emprender nuevas posibilidades en nuestro mundo y del que, en cierto modo, depende el futuro de otros; cada vez son más las directivas que se preocupan de innovar y buscar opciones nuevas ante el empuje que ya está teniendo de facto este proceso.

No sé si la campaña mediática de los coles jesuitas de Cataluña tendrá algo que ver en todo esto, pero creedme cuando os digo que la innovación educativa ya no va por bilingüismos ni nuevas tecnologías, eso ya ha quedado superado (no olvidado). La innovación educativa va por otros derroteros bien distintos, por caminos inexplorados por algunos.

Caminos sin exámenes, sin notas, con educación respetuosa, con trabajos por proyectos, con un trato más humano y afectivo, en el que se fomente la participación de las familias, educación emocional y trabajos con las Inteligencias Múltiples o Proyectos, sin asignaturas...
Y lo más curioso (no voy a entrar en valoraciones de "lo mejor", "lo peor"...) es que, por ejemplo, en Málaga, se están moviendo mucho más los centros concertados. Y claro, luego vienen las quejas... pues ya veréis... y si no, al tiempo.
Los puristas de la educación pública lo mismo hasta van arañando el suelo con los dientes. No os preocupéis, algunos centros públicos se mueven en esta línea... pero aún nos queda mucho que hacer.

Esta semana pasada estuvieron, por ejemplo, Mireia Long y Azucena Caballero en el Colegio de El Limonar, haciendo un curso de la Pedagogía Blanca  con sus profesores.

Hay centros que están intentando inculcar a sus maestros la idea de no hacer exámenes, o de intentar no poner notas (salvo las exigidas obligatoriamente por la Junta al final de cada trimestre), centros que trabajan básicamente con Inteligencias Múltiples y Proyectos cooperativos (entre otros), centros en los que interactuan más que de palabras con varias asignaturas, donde los niños hablan, participan, se relacionan y hasta pasean por sus clases...

Quizás ni nosotros mismos veamos hasta dónde llega el alcance de todos estos cambios, pero lo que sí es cierto es que el viento ha cambiado, ahora viene del este. Y eso conlleva cambios, para bien y para mal.

Los maesrtos siempre hemos dicho que nuestra profesión es muy ingrata, porque nadie te lo agradece, no al menos, hasta que pasan años y surgen reencuentros. Ahora se hace aún más ingrato, pues no solo no reconocen nuestra labor (la de algunos, claro), sino que, además, los que pensamos en cambios viscerales dentro del engranaje somos rechazados de plano por la mayoría.

Y es que, como ya escribí una vez en mi facebook:
 “La verdadera educación de un hombre comienza varias generaciones atrás” Eleuterio Manero






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lunes, 20 de abril de 2015

Y qué me tiene que decir el informe Pisa

No me entendáis mal, mi primer pensar es para esas familias que esta mañana han sido agredidas en su trabajo, en su instituto: un profesor fallecido y 4 personas heridas. Mi primer respeto va para todas esas familias que ahora están en un proceso difícil de digerir. Y, de veras, lo siento mucho. Mi pesar es grande y se me entremezclan multitud de sentimientos en estos momentos: como ser humano, como padre, como profesor, como ciudadano, como todo... muchos sentimientos navegan por el sinsentido de la noticia.

¿Qué hace que un niño de 13 años fabrique, aparentemente, una ballesta con bolígrafos y ataque a su profesora en la cara e intente rematarla con un puñal?
¿Qué hace que la hija de la profesora, presente en esa misma clase, se levante para ir a ayudar y reciba otro ballestazo?
¿Qué hace que un profesor, al oír los gritos, se vaya hacia allá desde su clase y se encuentre con un ataque frontal y certero que lo deja muerto en el suelo?
¿Por que era lunes?
Algo no estamos haciendo bien para que sigan sucediendo estas cosas. 

No trato de buscar culpables, nada más lejos de mi intención. Trato de buscar soluciones. Respuestas y soluciones.

Esta misma mañana, en mi muro de facebook, compartía unas palabras de Mireia Long acerca del informe Pisa.

Miren ustedes, el informe Pisa, por favor, imprímanlo en un papel con muuuucha celulosa, porque lo vamos a acabar usando para eso mismo, para limpiarnos el culo (y perdonen la expresión). Me importa más bien poco lo que diga ese informe, solo hay que dar un paseo por las ciudades, por los centros escolares, ver noticias, leer los miles de casos de presunta corrupción, escuchar conversaciones...

Y aunque el informe Pisa dijera que somos los mejores del mundo mundial, me daría igual, porque, ¿saben qué? Mientras estas cosas sucedan a diario es que hay algo que no va bien: mientras haya niños que se encuentran en el peor boquete del mundo como para hacer esta barbaridad, mientras haya personas que hagan sufrir a otras solo porque no supieron canalizar sus emociones (camuflados de simple diversión), mientras haya niños abandonados, maltratados, ignorados, perseguidos o insultados, mientras sigamos mirando para el otro lado, mientras no nos pongamos todos manos a la obra para ver más allá de nuestras simples y respetuosas  narices..., de verdad, de corazón, me importa lo que no voy a decir, lo que diga el informe Pisa, pisa papeles, pisa mierdas o pisa al de al lado para trepar más que tú.

Mi homenaje de hoy va con la canción del grupo The Boomtown Rats y su canción I don't like mondays. Cuenta una historia similar, una historia incomprensible de hace muchos años; en el fondo, triste canción de finales de los 70 y escrita por Bob Geldof.  La historia, si la quieres leer, en este enlace, si no, no entretengo más.

Tell me why? Tell me why?



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domingo, 12 de abril de 2015

El camino hacia la perdición.

Durante años me he quejado de que mis alumnos de secundaria no solían reaccionar ante los diferentes estímulos perniciosos que pudieran afectarles, salvo de forma preestablecida ya por norma, costumbre o  imposición sistémica.

Durante años me quejaba de que los alumnos ni siquiera protestaban ante las injusticias que se cometían contra ellos mismos. Las asumían con un calambrazo en sus partes nobles, se reponían y aprendían que era mejor no volver a decir, ni ver o hacer, ni escuchar, como los tres monos sabios.

Durante años me he quejado de que el alumnado, por norma (en el más amplio sentido de la palabra) prefería seguir a su rollo, aguantar lo que le echaran y ser un inconsciente súbdito.

Y un día descubrí que yo formaba parte de ese engranaje. Ya siendo alumno, recordé que algunos profesores se quejaban de lo mismo y nos alentaban a protestar, dialogada y democráticamente, para no dejarnos pisotear así como así. Y cierto es que muchas veces nos vimos removiendo cosas. Tuve un profesor que le llamábamos el señor Keating (ese genial Robin Williams en El club de los poetas muertos), incluso hubo quien, en una reunión general de alumnos, con varios sacerdotes delante, hizo la gracia de estar hablando con dios por teléfono, con tal de salirse con aquello por lo que protestábamos que, ahora, ni recuerdo qué era.

Y ya hace más de diez años que empecé a intentar remover conciencias, a plantearles eso mismo a mis alumnos. A veces incluso han dirigido escritos a la dirección del centro, o hablado con tutores y hasta con sus padres (cosa que muchos de ellos no suelen hacer, aunque parezca raro). Una vez incluso sometí a un grupo de 1º de bachillerato (año 2001) a una tanda de gritos constantes, de injusticias, de castigos, de no dejarles hablar... y tardaron poco más de una semana, repito ¡¡¡POCO MÁS DE UNA SEMANA!!! en que una de mis alumnas me dijera en clase que qué pasaba, que si yo no veía que me estaba pasando varios pueblos. Por fin... Eso dio lugar a un largo debate que duró días. Menos mal.

¡Estamos creando tales clones unos de otros!  ¡Tal cantidad de androides inertes!
Estamos llevando al abismo de la infelicidad a personas que como nosotros sufren y luchan a diario. Estamos conduciendo de forma irreductible al abismo a personas que se sientan en su silla de ruedas, esa que dirige alguien que en su espalda lleva un cartel que dice: indefensión aprendida.
Estamos subiendo al tren que va hacia el abismo a personas que, en el fondo, preferirían ir hacia el puente de Kasandra y hundirse que a mantener una actitud pasiva de espejo.
Estamos dando unos calambrazos de vértigo en las partes nobles de muchos de nuestros hijos o alumnoscon la mera intención de someterlos inconscientemente, porque ni nosotros somos conscientes de que lo hacemos, de ser así, otro gallo nos cantaría.
Estamos llevando a la gente en contenedores por un camino a la perdición. Nos olvidamos de lo realmente importante para dar por cumplido con aquello que quedó preestablecido acorde a las necesidades de unos cuantos que decidieron así manipularnos sin que ni siquiera pudiéramos darnos cuenta de ello. Y hacemos lo mismo en ese mismo engranaje, partícipes inconscientes de semejante desgracia.

Y ante eso, casi a diario, se puede oír a miles de profesores (o de padres y madres) en nuestro país (si es que pudiéramos escucharlos a todos) decir cosas como que los maestros somos los que forjamos el porvenir del futuro, somos los que enseñamos, somos maestros, no educadores y no tiene que venir nadie a enmendarnos la plana ni a decirnos cómo tenemos que decir o hacer las cosas. Ya sabemos cómo se hacen las cosas... las llevamos haciendo igual desde hace años. Y esto no va mejor por culpa del gobierno (que, por otra parte, es cierto) y de las familias (que en muchas ocasiones, también lo es).

Eso se escucha casi a diario en la mayoría de los centros, a veces no con esas palabras, pero sí con hechos, respuestas a lo que dice uno, comentarios jocosos...

Y se olvidan de otro pilar fundamental: el profesorado.

Y así es como se está forjando un futuro del que luego nos quejamos.

Si no les enseñamos a expresarse, a canalizar sanamente sus emociones, a reclamar, a protestar, a decir, a sentir, a llorar o a reír, a darle una patada a un cojín; si solo les enseñamos a obedecer en el sentido actual, nada etimológico y negativo de la palabra (y aquí tenéis dos posts sobre la obediencia: en mi blog y en el de la pedagogía blanca),  si les enseñamos a callarse siempre y en todo momento, a estar sentados, a no rechistar ni a chistar siquiera... Entonces, ¿cómo diantres queremos que luego sean capaces de hacerlo cuando les están maltratando por violencia de género, les están robando, les quitan pagas extras o les explotan en sus trabajos, o les insultan pos las calles por llevar gafas o minifaldas? ¿Cómo van a ser capaces de movilizarse ante grandes injusticias universales o locales? ¿Cómo podrán vivir sana, feliz y plenamente? ¿Cómo? Tenemos lo que hemos ido forjando durante años. Y si no hacemos nada por cambiarlo, así seguiremos durante muchos más. Y si llegáramos a ese punto, entonces, creo que me pediré la pastilla azul de matrix, esa que me llene de dichosa ignorancia y me haga pensar en que sí que disfruto de un jugoso entrecot, cuando en realidad estoy tan preso como el resto.

Si no cambiamos esto de raíz, seremos partícipes del mayor genocidio de la historia: el de nosotros mismos, nos seguirán robando, insultando, machacando, ladrando, torturando, anestesiando, degollando, zancadilleando, importunando, maldiciendo, renegando condenando, ofendiendo o martirizando y, a lo peor, ni siquiera seremos capaces de expresarlo, estaremos callados, sentados y aguantando el chaparrón, que para eso nos educaron.

Y será el camino hacia la perdición.

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