viernes, 20 de marzo de 2015

Tengo que...


Quizás nunca te hayas dado cuenta, quizás lo tenemos tan metido en nuestro día a día que deja de estar conscientemente presente en nuestra vida, pero es cierto que tenemos una expresión muy recurrente que nos obliga constantemente a hacer tantas cosas que a veces hasta perdemos la noción de lo que verdaderamente importa.

Estamos diciendo más veces de las que nos gustaría la perífrasis verbal de obligatoriedad: Tengo que.

Según los últimos estudios, una persona tiene (de media) unos 60.000 pensamientos al día, de los cuales unos 57.000 son los mismos del día anterior. Y de entre todos esos, muchos son elecciones que debemos tomar al cabo del día.

Cuando nos expresamos con ese tengo que, en realidad, lo que dejamos entrever en muchas ocasiones no es otra cosa que el hecho de que voy a hacer algo pero que, realmente, no es lo que me apetece ahora mismo. A veces no hay más remedio. Hay cosas que hay que hacerlas y eso no es negociable. Pero hay otros muchos momentos de nuestra vida en los que expresamos ese Tengo que cuando en realidad ni es tan urgente ni tan importante, o no tanto como para dejarlo para otro momento y aprovechar este instante para algo que ha podido surgir. Escondemos nuestra libertad, porque nos da miedo hacer uso de ella para movernos en el plano que realmente queremos.

Un ejemplo tonto y diario: te surge la opción de ir a tomar un café, escribir una novela, ir al cine, dar un paseo con alguien (hijos, mujer o marido, pareja, amante, padre o madre, primo, conocido o cita a ciegas, da igual). Y ciertas ocasiones respondemos:

- No no puedo ir, tengo que... (lavar ropa, tender, comprar, corregir, revisar...) sabiendo que, muchas de esas veces, esas tareas en realidad las podemos hacer en otro momento (habrá otras en que corran realmente prisa... si ya no te queda ropa interior limpia... es otra historia, claro).

Es decir, que ponemos excusas a algo que en realidad nos apetece, pero no lo hacemos y nos autoinculcamos una responsabilidad de obediencia absoluta que hemos de cumplir por miedo a... cada uno a lo que sea en el fondo que subyace bajo su realidad cotidiana.

Quizás habría que revisar de nuevo ciertas escalas de priorización de  tareas y actividades diversas. A lo mejor eso nos ayuda a distribuirnos mejor el tiempo y aprovechar los momentos buenos que muchas veces nos esperan a la vuelta de la esquina y no aprovechamos porque tenemos que hacer algo que, quizás, no sea tan obligatorio para ese instante. Sí, quizás eso sea bueno: revisar. Sin embargo, mientras llegas a eso o no; o te haga falta o no, sí te voy a dar un consejo que te hará más libre. Ya sé que yo no soy nadie para darte un consejo, pero yo te lo escribo, a partir de mi propia experiencia, y ya tú haces lo que creas conveniente.

Prueba a cambiar la expresión utilizada, tal vez eso te ayude a verlo con una perspectiva más amplia de miras y te ayude a replantearte algunas cosas de paso.

¿Y si en lugar de Tengo que, dijeras Elijo...?

No voy a tomar café porque elijo ir a comprar o tender la ropa interior o quedarme en casa leyendo o acompañando mis niñas. Las dos opciones son válidas, ir o no ir. La cosa no está en quedar como un guay que siempre se va de paseo o un aburrido que siempre se queda en casa. La cuestión es que tú eliges la opción que deseas hacer. No más.

El derecho de elegir y, sobre todo, ser consciente de que eliges te da una libertad que nunca te puede dar una perífrasis de obligación.


Elije la opción que quieras, pero elígela tú.

Sé tú mismo o tú misma.





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jueves, 12 de marzo de 2015

Quizás hoy no es el día

Quizás hoy no es el día.

Miro a mi alrededor y veo tal cantidad de cosas buenas que hasta me duele.

Pero cuando estás cansado, te duele también todo lo demás.

Es increíble que no queramos hacer las cosas bien. 
Es increíble que no queramos desprendernos de aquello que nos aporta tanta seguridad, aunque sepamos a ciencia cierta que no es lo que queremos ni lo que nos conviene.
Es increíble que, con el corazón en la mano, no seamos capaces de vislumbrar el camino.
Es increíble que no tengamos el corazón en la mano para decidir las cosas más esenciales de nuestra cotidianeidad.
Es increíble que no nos sintamos con la capacidad de afrontar las cosas como son.
Es increíble y asqueroso que prefiramos un rumor antes que ir a donde sea y aclararlo con la persona que corresponda.
Es increíble que no seamos capaces de ponernos de acuerdo en las cosas más elementales.
Es del todo increíble que prefiramos proferir de todo menos cosas bonitas sin escuchar otras perspectivas.
Es absolutamente increíble que no seamos capaces de mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de lo que sucede: un árbol que ha crecido o ha perdido sus hojas o ha echado flores, calles reasfaltadas porque llegan las elecciones, un padre que grita a su hija por la calle porque se le va hacia un paso de peatones o porque está harto de repetir las cosas, alguien hurgando en un contenedor (aunque todo va ya muy bien, la verdad, sólo hay que  fijarse...), un niño que aguanta sus lágrimas en un patio cuando cree que nadie le ve o

Nos metemos donde nadie nos llama y con las cosas que de verdad importan no somos capaces de actuar. Buscamos enfrentamientos sin sentido y carentes de diálogo alguno en muchas ocasiones. Siempre es culpa del otro, por supuesto. Empezó él, decimos mientras señalamos con el dedo. Será que no estamos enseñando a asumir nuestros actos, para bien o para mal.

Doulas contra matronas, maestros contra profesores, docentes contra padres, directivos contra explotados, policías contra ladrones... y tantas cosas al cabo del día que uno va viendo y que te acaban por minar hasta la razón del sinsentido.

Perdemos el norte y nos enfrascamos en discusiones inútiles que no llevan a ninguna parte, pero en el camino olvidamos lo esencial y aparcamos en el fondo la cuestión que, sin embargo, deberíamos sacar a flote.

Me regañan y la pago con el siguiente en la cadena alimenticia de unos sentimientos  necrófagos que no he sabido digerir porque nunca me enseñaron.  
Llegamos cansados y lo pagamos con el que pillamos.
Me protestan y entonces yo voy y atosigo al otro.
Me echan para atrás mi idea tan genial y yo le grito al de al lado en el semáforo y me cago en sus muertos si hace falta, total, si pa qué.
Te hacen un reproche y tú devuelves un guantazo. Si es que se lo merecía, me ha provocado.


¿Qué es, entonces, lo importante? Y, ¿para quién?
¿Qué es lo que estamos transmitiendo a nuestros hijos? Y, ¿desde dónde?
¿Qué es lo que de verdad vamos a dejar para los años venideros?

¿Qué estamos criando y regando en el día a día?

¿Somos unos pobres tarados que siguen creando tarados?

Si educas de forma respetuosa (o todo o respetuosa que puedes, que también somos seres humanos y, gracias a dios, cometemos errores), malo; si educas de forma tajante, malo; si eres autoritario, peor; si eres flexible..., un blandengue; los pediatras te dicen, los amigos lo contrario, los maestros contradicen lo que crees y si no tú los contradices a ellos. Los hijos a los padres y viceversa. Pero muchas veces no encontramos puntos de unión ni inflexión en los que vertebrar un diálogo fructífero. El caballo del orgullo a veces galopa tan poderoso que mejor no nos bajamos y arrasamos con lo que sea. Aunque sea nuestra pareja, nuestro hijo nuestro padre o madre o el vecino que casi ni conoces.

La ignorancia es osada y atrevida. Eso ya lo sabemos. Y rancia. Lo lleva hasta en la misma palabra.

Malversamos la vida con chantajes emocionales sin precio que nos cuestan un riñón... o un cáncer si es menester. 

Y seguimos sin darnos cuenta.

Insisto, quizás hoy no sea el día.


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miércoles, 4 de marzo de 2015

Y... ¿para qué?

He tenido unas semanas de locura en las que no he podido ejercer mi sentir blogero a través de este espacio. Disculpas.

Pero he vuelto y hoy voy a escribiros sobre el "para qué... si total..."

Y, ¿qué es esto? Pues veréis:

Esta frase es muy común en nuestro mundo actual, en nuestras conversaciones, en nuestro entorno. Para qué voy a hacer esto, para qué vamos a..., para qué... y lo peor no es ese para qué, sino la frase con la que solemos apostillar después en determinados contextos: "si total (como decimos mucho por Andalucía) ya no hay ná que hacer".



Una de las críticas furibundas que suelo lanzar contra el actual sistema educativo y todo su engranaje es que nos convierte en esclavos, en sumisos, inactivos, incapacitados e inoperantes. Nos quedamos paralizados por el veneno que nos inoculan desde chicos. Es como las pistolitas eléctricas que quieren poner de moda ahora. Somos incapaces de pensar, reflexionar decentemente y darnos cuenta de que nos están engañando o que hay cosas que no deberíasn ser como creemos que sí deberían ser. Pues no.

Indefensión aprendida: para qué. No pienso mover un dedo por esto, porque es que es así, y ya no se puede hacer nada.Y me lo como (normalmente sin patatas).

Y así se nos pasa la vida. 

Debemos movernos y debemos incentivar a los chicos a que se muevan. Más de una vez he instigado revoluciones en algún instituto en los que he trabajado (y siempre por causas que ellos creían que eran necesarias, no por "queremos una piscina en el instituto"...). No lo he he hecho por maldad, ni por fastidiar, sino para que los chicos aprendan a que siempre se pueden obtener cambios, que siempre hay una opción, aunque sólo sea la del pataleo, esa en la que somos escuchados (o, a lo peor, oídos), esa en que por lo menos dejamos claro que estamos en desacuerdo, aunque no obtengamos lo que queremos. Siempre nos queda intentar buscar soluciones lo más adecuadas para todos. 

Es decir, lo contrario de lo que están acostumbrados a ver, conocer o experimentar. No te muevas, no hables, no digas, tu opinión no tiene validez, no me interesa, quién te ha dado velas en este entierro, tú eres tonto o qué, plasta, quién te ha preguntado,... Incluso, lo ven en el día a día del país: políticos que no hacen caso de las protestas, que siguen a sus intereses y no a los de los de la mayoría...

Les digo que deben protestar, y que para ello deben seguir los cauces oportunos. No se trata de salir a tirar piedras. Pero hay que moverse, hay que investigar, hay que luchar por lo que uno cree adecuado. Incluso en esas ocasiones en que te ves solo.


Justo hoy hablábamos con una de nuestras hijas la importancia de hacerte caso a ti mismo cuando estás seguro de algo aunque todos los demás te dicen lo contrario. Y la hermana nos dice que eso le apasó un día en clase, que ella creía una cosa y todos los demás le decían que no... y al final era lo que ella decía. Esto tan simple, pero llevado a las diferentes facetas de la vida.

Y estos días lo he vivido en primera persona.

¿Qué es lo que queremos transmitirles a nuestros hijos e hijas? ¿Esa indefensión contenida de años que acaba en un bronca callejera o en una reyerta futbolera con 48 heridos? 

Si a nuestros hijos y alumnos les imbuimos en esa indefensión, no los estaremos educando adecuadamente, seguiremos trabajando para esa gran fábrica educativa al servicio de sus señorías. 

Creo que debemos hacer pensar, hacer reflexionar y, respetuosa y educadamente, enseñar a pelear desde el diálogo y las normativas para obtener lo que es tuyo en tu derecho. Hay que olvidar la dejadez y la insensatez. Lo llevamos tan arraigado que ni nos damos cuenta, es como levantarte por la mañana, ir al baño, lavarte la cara, hacer un pipí... Hay días que lo llevas tan automatizado que no recuerdas si lo has hecho todo o te ha faltado algo por hacer; es como ir todos los días por el mismo camino, que dejas de ver las tiendas nuevas o las que han cerrado, o los árboles que han plantado o las flores que han salido al calor de estos días.

No dejemos que nos manipulen hasta límites que ni sospechamos que lo hacen.

Hay que despertar.

Y hay que tener en cuenta que muchas veces esa misma indefensión nos lleva a elegir a una pareja equivocada, un trabajo que no es para nosotros, unos estudios que no nos merecen, unos amigos que no nos convienen o un acompañante que nos amarga el día a día. Hay que despertar no solo para luchar por algo que crees que te pertenece o te mereces, también hay que vencerlo para perseguir aquello que quieres o pretendes obtener.

No te dejes achantar. Cada uno está aquí para una cosa concreta que absolutamente nadie más puede dar al mundo. Tu misión es buscarla, sacarla a la luz y darle brillo. Y si te dejas guiar por las necedades de algunos que te rodean, es que no lo ves claro o es que, en el fondo, eres tan necio como los demás (y discúlpame si te ofendes). Pero es que a veces arratrasmos momentos o una vida miserable por no escucharnos, por no tener la valentía de hacer lo que sabemos que debemos hacer o por no querer, simplemente, escucharnos.

Mucha gente perdida. Mucha. Mañana he quedado para desayunar con una. Perdida. Y sóla. Terriblemente. Desconsoladamente.

Nadie mejor que tú para saber lo mejor para ti (pero no a lo loco... requiere tiempo para ti, madurez, reflexión...)
¿Y ahora qué? ¿Vas a tirar la toalla?



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jueves, 12 de febrero de 2015

Así deletrean los niños la palabra amor.



Espero disfrutaras de mi último post sobre el miedo a brillar.

Hoy vamos a hablar de otro tema no sólo interesante, sino vital.

Y no es otro el misterio sino que el que reza en el título de este post:


ASÍ DELETREAN LOS NIÑOS LA PALABRA AMOR:

T  -  I  -  E  -  M  -  P  -  O

Dibujo realizado por Antonio Zamorano

Los niños solo quieren estar con nosotros, con sus padres y sus madres. Y, por supuesto, también con sus tíos, hermanos, amigos del cole o del parque o de dónde sea... Pero vamos a lo que vamos. Y es que es muy recomendable pasar más tiempo con nuestros hijos. Y los motivos son varios:

1. Por egoísmo puro y duro: los años pasan volando, desengáñate, no vas a ser joven toda la vida ni tus hijos serán siempre bebés. Como decía mi amigo Dani: "De pronto un día descubrirás que ya no huele a bebé".

2. Por egoísmo futuro: cuanto más tiempo pases con ellos, mejor será su desarrollo en todos los niveles, sobre todo, si el tiempo que pasas es cariñoso, respetuoso, juguetón, emocionante... Eso te evitará muchos quebraderos de cabeza de esos que nos dan a los padres y madres en el futuro.
En este apartado no se incluye, como norma, el hecho de dejarlo en una habitación con tres horas de telebasura o lo que sea.

3. Por ellos, por tus hijos. Lo único que necesitan es cubrir sus necesidades básicas: alimentación, salud, higiene... y estabilidad emocional, o sea, mucho cariño, respeto, risas, tiempo, abrazos, besos, caricias, juegos...


Cuántas veces hemos visto a los niños reclamando atención... y pasan los años, y pasan los 20, los 30... y siguen reclamando esa atención... No hace falta ver  el gran marrano para darse cuenta de esto. No es más que una desconexión de ese cariño que se produce en la infancia y que nos pasamos toda la vida buscando. Dependiendo de las circunstancias, de adultos podemos buscarlo de muy diversas formas: de una forma sana o centrada, o todo lo contrario (reclamamos, exigimos, maltratamos, dejamos que nos maltraten, forzamos...). Yo no soy psicólogo, así que no me puedo meter en este terreno, pero por lo que he leído, aquí hay mucha manteca.

Por eso es vital, ya lo dije al principio, pasar tiempo con ellos, dedicarle nuestra atención, y demostrarles que, realmente, son nuestro pequeño regalo del cielo. Nosotros no dejamos de decírselo a nuestras hijas, eso y otras cosas más del estilo. 

Hablarles con cariño, cercanía, dar abrazos, reír juntos...

Un regalazo que nos hizo Rosa cuando fuimos a la inauguración de Las Jirafas saben Bailar, fue una bolsita para jugar a los abrazos. De entre las muchas opciones, tú sacas una de tu bolsa y los demás te dan abrazos de esa forma que te ha tocado: a oscuras, con ojos cerrados, con cosquillas, del revés, a dos a la vez, sin brazos, sin tocarse, con beso, de oso... y decenas de formas más; pues bien, ese juego les encanta a nuestras hijas y, por cierto, ahora que lo pienso, hace ya meses que no jugamos, a ver si lo retomamos en esta misma semana.

Además, muchos ya sabréis que, según los últimos estudios neurocientíficos, el cuerpo humano, físicamente, necesita entre 8 y 12 abrazos diarios para poder sobrevivir. Ahí es nada. ¿A qué estás esperando para darle un abrazo a alguien? Tu cuerpo lo necesita aunque no te estés dando ni cuenta. Todas las mañanas empiezo el día con abrazos a mis hijas nada más levantarse, y por supuesto, lo terminamos igual (como mínimo).

Un abrazo es energía, es fuerza, es amor, es tiempo... es decirle a la otra persona que me da igual lo que esté pasando ahora mismo en el mundo, que aquí estamos tú y yo y eres lo mejor que tengo ahora mismo y no quiero estar en otro sitio ni haciendo otra cosa salvo estar así, agarrado a ti como si fuera mi último hálito de vida. Ese abrazo impregna.

Y eso da mucha estabilidad emocional a la persona, que se siente querida, arropada, impulsada... Cometeremos muchos errores como padres, miles... pero, al menos, que no quede por intentarlo. Ya sabemos que los padres y madres siempre lo hacen lo mejor que pueden y saben en todo momento, las equivocaciones se viven de otra forma si hay una base de amor de fondo que lo sustente todo.

Y eso no tiene precio.

Sonríe, juega, lee, pasea, monta en bici, cuenta cuentos, ríe, abraza, enfádate incluso... pero hazlo con tus hijos. El tiempo te lo agradecerá. Y los niños más aún.



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jueves, 5 de febrero de 2015

Miedo a brillar



En la película Coach Karter, el entrenador Ken Carter se pasa la vida preguntándole a uno de sus jugadores: "¿Cuál es su mayor miedo, Señor Cruz?"

El señor Cruz, a su vez, se pasa su vida entre los entrenamientos y un "lo dejo, me voy a vender droga que me tratan mejor y gano mucho más dinero". Es un gran jugador. Pero vive en un barrio horrible con unas estadísticas horribles. Negros o latinos que acaban encarcelados o muertos, negros o latinos que no estudian y solo juegan al baloncesto, negros o latinos que vende drogas... en fin, podéis haceros una idea. Es un barrio similar al de Mentes peligrosas, película mucho más conocida (o que yo conozco más...o que me gusta más Michelle Pfeiffer que el increíble Samuel L. Jackson). 
Esta peli está basada en hechos reales (no sé cómo de basado, pero sí, en hechos reales). En ella hay cosas de las que no participo, pero algunos fragmentos del guión son geniales.

Así, en el último tercio de la peli, allá por el minuto 101 y 50 segundos (o sea, 1h, 41' y 50''), por fin, después de vivir y sufrir lo indecible, el señor Cruz, Timo Cruz, un latino que juega increíblemente bien al baloncesto pero que ha estado a punto de hipotecar toda su vida solo por vivir donde vive, le responde cuál es su mayor miedo. Y dice:

Nuestro mayor miedo no es que no encajemos, nuestro mayor miedo es que tenemos una fuerza desmesurada, es nuestra luz y no nuestra oscuridad lo que más nos asusta.


Empequeñecerse no ayuda al mundo; no hay nada inteligente en encogerse para que otros no se sientan inseguros a tu alrededor; todos deberíamos brillar como hacen los niños. No es cosa de unos pocos, sino de todos.


Y al dejar brillar nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otros para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia libera automáticamente a otros.


Señor, quiero darle las gracias. Me ha salvado la vida.

Sí, ya sé que hay que leerlo un par de veces al menos. Pero leedlo bien.

En en el fondo de nuestra alma, somos tan potentes que nos da hasta miedo. Tenemos que quitarnos ese miedo y brillar con luz propia, como hacen los niños. 
Y si, además, tenemos hijos y/o alumnos, debemos ayudarles a que saquen toda esa luz que tienen o, al menos, intentar no tapársela. Dejemos que brillen. Aunque para eso, lo primero que tenemos que hacer nosotros es brillar, sólo así, desde esa vivencia, podrán captar en toda su esencia lo que ellos serán capaces de hacer. Porque al "dejar brillar nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otros para hacer lo mismo". 

Ahora lo llaman coach (entre otros diversos nombres) y antes era frotar nuestra propia lámpara como Aladino o incluso ser la luz del mundo para poder iluminar iluminar al resto sin que por ello se sientan inseguros. Incluso... me da la risa ahora mismo... pero es que se me viene a la cabeza la cancioncita del programa de Bertín... esa de "dentro de ti hay una estrella si lo deseas, brillará".

Tenemos que brillar y dejar que otros brillen. Y esa es una tarea muy difícil en muchas ocasiones, pero tenemos que intentarlo y llegar a brillar.

Sir Ken Robinson siempre habla de El Elemento, eso que nos hace brillar en algo; y es que todos y cada uno de nosotros tenemos algo en lo que brillar para dar luz a nuestro entorno, y todo ello más allá de la escuela, de consejos, de nuestros amigos o de nuestros padres. 

¿Cuántas personas conoces que dejaron su trabajo para hacer otra cosa y que les ha ido fenomenalmente bien?

Y no hay nada ni nadie que deba impedírnoslo.

Y no me voy a enrollar más, creo que la frase del señor Cruz es bastante elocuente por sí sola. 
Os deseo el mayor y mejor brillo posible para vosotros y los que tienen la suerte de estar cerca vuestra.



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